El combate espiritual

Estimadas amigas y amigos de la oración de Jesús, los saludo invocando el Santo Nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Ante algunas consultas coincidentes trataré hoy de referirme al tema de las caídas recurrentes, a esa flojedad del alma que periódicamente suele acometer a quien intenta perseverar en el camino espiritual.

La situación más habitual a la que se hace referencia en esas preguntas, está ligada al modo de liberarse de aquellas tendencias, hábitos, vicios o pecados, que sometiendo a la persona con frecuencia, la imposibilitan de verdadero avance espiritual. Son conductas que parecen devolvernos siempre al mismo punto, a cierto "nudo" problemático que se manifiesta como muro en apariencia insuperable.

La experiencia espiritual profunda, aquella a la que nos referíamos en la carta anterior como "el lugar de la presencia", es una vivencia posible para cualquier ser humano que busca con sinceridad a Cristo en su propio corazón. Sin embargo antes es necesario abandonar al hombre viejo que vive en nosotros. (Col.3,5-11)

¿Cómo extirpar el hábito del mal? Hemos de tener claro quiénes son nuestros enemigos principales, situarnos frente a aquello que más nos aleja de Dios y disponernos al combate con resolución y firmeza. Pero ¿cómo combatiremos contra lo compulsivo, que tomándonos de repente nos esclaviza en alienada reacción?

"Es en la atención donde yace el poder de resistir todo lo que pueda venir" dijo Nicéforo el solitario en la Filocalía. Verdaderamente. Esta atención debe ser lo más constante posible y advertir la dirección errónea de la mente apenas iniciada. El pecado, la caída, el vicio, se inicia antes que su consumación misma. Es en una cierta laxitud del alma donde hallamos su raíz.

El pecado o la caída vienen como consecuencia de un estado de carencia interior que se manifiesta como angustia, inquietud, aburrimiento o tensión en general. El cuerpo y la mente sufren esta situación y buscan aliviarse mediante la realización de aquella actividad que descarga su ansiedad o que al menos la anestesia transitoriamente. Nos encontramos así con diversos vicios que tienen en la tensión interior su común denominador.

Debemos poner nuestro mejor esfuerzo, en el momento en que nos ataca la compulsión o el deseo de realizar aquello que no queremos hacer, para aumentar nuestra tensión y observar lo que nos está ocurriendo. No salir huyendo rumbo al pecado, vicio, tendencia o hábito que nos aliviará la tensión fugazmente aniquilando mientras el espíritu; sino ir hacia lo interior, escrutando con sumo cuidado el dolor que quiere ser calmado.

Este momento decisivo, es análogo al desierto de Jesús y las tentaciones que padeció. Es desierto porque nos despoja del placer que perseguimos para olvidar la pena o el desasosiego. Es desierto porque nos deja frente a la verdad. Es un momento, que si se aprovecha bien, rinde gran fruto al alma.

Ha de tomarse como ejemplo a Jesucristo cuando atravesó la multitud. (Lc. 4, 28-30)
Hemos de atravesar los diversos apetitos que nos atacan, no huir de ellos.

Si permanecemos atentos a lo que sucede en nuestro interior y repetimos la oración de Jesús, con el fervor necesario, implorando la ayuda de Dios para despojarnos de lo viejo que vive en nosotros, veremos que no pasa mucho rato hasta que el asalto disminuye.

Les propongo una práctica que no falla. Si se encuentran prestos a caer, al borde de la situación aquella que tanto quisieran desterrar de sus vidas, repitan antes la oración de Jesús unas cuantas veces. Veinte o treinta repeticiones serán necesarias como mínimo para que el Espíritu que clama en nosotros se imponga al pecado. (Gal. 4, 6-7) Esta actitud de atención interior y de oración decidida, permite que se abra en nosotros la posibilidad de la libertad ante el determinismo de la carne.

Examinemos con actitud reflexiva nuestros enemigos cotidianos y alimentemos el deseo de vencer; dispongámonos a enfrentar la tensión interna no huyendo sino mediante la fe. Lo primero invocar a Jesucristo con el fervor que nos da el deseo de no caer, lo segundo elevar la atención hacia nuestra propia alma, examinando aquello que nos inquieta, mientras relajamos el cuerpo lo más que podemos.

¿Quiero verdaderamente superar lo viejo que habita en mí? ¿Estoy dispuesto a realizar algún esfuerzo para permitir que la gracia me transforme? El momento del combate es aquél preciso instante en el que queriendo olvidarme del íntimo dolor, quiero abrazar el placer fugaz.

Permanezcamos firmes imitando actitudes que Cristo nos muestra en los evangelios, esculpiendo Su rostro en el templo del corazón.

Los saludo invocando la misericordia que trae el Nombre de Jesucristo.

Esteban de Emaús

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Anexo a la séptima carta: Hesiquia y compunción

¿Cómo se puede estar compungido y tener un corazón tranquilo al mismo tiempo?

La compunción, en general entendida como conciencia del propio pecado o de la propia debilidad y miseria; es un sentimiento que unido al arrepentimiento verdadero o "metanoia" deja al corazón tranquilo. Los antiguos monjes se referían a la paz derivada de la conciencia del perdón otorgado por Dios.

Examinemos algo la cuestión:

Cuando uno advierte el propio pecado cometido o mejor dicho, cuando uno se da cuenta del peso que este ha tenido sobre los demás o sobre uno mismo, sobreviene el dolor en el alma que suele manifestarse como lágrimas abundantes. A medida que se llora, recrea la mente de un modo nuevo lo ocurrido, incrementándose más aun la conciencia de aquello equivocado y del daño producido. Esta experiencia conmociona, el cuerpo todo la vive contrayéndose, es de dolor intenso, es la herida de la culpa. Quien viera la escena desde fuera, ignorante de todo el proceso que está ocurriendo, diría que esa persona está desesperada.

Sin embargo ocurre lo contrario. En medio del dolor, empieza a surgir una sensación que algunos anacoretas llamaban "dulzura del corazón" y que está íntimamente unida a la conciencia del perdón. El arrepentimiento y el cambio de mente que se necesita para que este suceda vienen junto con la reconciliación. Dolerse de los pecados profundamente y proponerse no hacerlos más es un mismo acto. El perdón es el marco en el que todo ello se produce.

¿Cómo podría producirse el dolor por lo hecho mal, si no hubiera la mente adoptado una postura nueva que le hace ver también de modo nuevo las acciones? El dolor es el cambio del corazón.

Pensamos ahora de modo nuevo y sentimos también de otra manera. La voluntad para la acción se muestra también transformada.

No puede haber "Hesiquia" sin compunción previa. La paz del corazón no se instala si no hay cambio de vida. Debo perdonar a quien creo que me ha dañado y pedir perdón a quien he perjudicado. Y si esto no fuera posible en lo exterior por determinada circunstancia, ha de producirse en el interior.

Los monjes aconsejaban mantener siempre la compunción latente en el corazón porque esta es la que nos brinda la fuerza para bien actuar, o en todo caso, para no recaer en la misma falta.

Monje Nicéforo, hablaba de la necesidad de una vida apacible y en paz con todos para que la oración de Jesús pudiera ser continua en el corazón. La práctica de los consejos evangélicos, nos lleva rápidamente a una vida de sosiego aun en medio del mundo y de la actividad.

El corazón humano se tranquiliza cuando siente que está actuando como debe actuar y que en este nuevo actuar se está reparando aquello que se ha dañado. Esta reparación básica es sobre todo un cambio en la dirección de la propia vida.

Hay quien dice, que al meditar en la propia debilidad se padece luego en la vida diaria esta misma pero en forma de tristeza o falta de fuerza en la acción. Nada de eso. Es al contrario.

La conciencia de mi debilidad en cuanto que soy ser humano, me instala en la conciencia de la necesidad continua de la Presencia de Dios, como aquél que me asiste y me sostiene incluyendo en ello la propia vida.

¿Son los dos- Hesiquia y compunción- el producto, el logro de la Oración, o productos de nuestros esfuerzos?

El Salmo 126 en su primer versículo lo responde bien: "Si el Señor no construye la casa, en vano se esfuerzan los constructores".

Pero claro, si el Señor construye la casa- es decir si nos asiste con su Gracia- el esfuerzo no es en vano y es también necesario; es nuestra tarea de ser copartícipes en la Creación. Hesiquia y compunción son fruto de la acción mancomunada entre Gracia y voluntad.

El papel de la voluntad parece mínimo pero es imprescindible también. Lo definiría como un atreverse a ver la verdad interior de la propia vida y a vivir sin atenuantes el dolor resultante de esa visión. En cierto modo esto permite el paso de la Gracia que siempre fluye pero no fuerza su ingreso al corazón.

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